
Tomado de: El conocimiento del Dios santo, A. W. Tozer
Haznos el bien según tu beneplácito hacia nosotros, Señor. No actúes con nosotros como lo merecemos, sino como es digno de ti, ya que eres el Dios que eres. Así. no tendremos nada que temer en este mundo, ni en el que está por venir. Amén.
La palabra bueno significa tantas cosas para tantas personas que este breve estudio de la bondad divina comienza con una definición. Sólo podremos llegar a su significado por medio del uso de una serie de sinónimos, saliendo del mismo lugar y regresando a él por distintos senderos.
Cuando la teología cristiana habla de que Dios es Bueno, no es lo mismo que decir que es Justo, o Santo. Las trompetas de los cielos proclaman la santidad de Dios, y los santos y sabios de la tierra se hacen eco de ello dondequiera que Él se les ha revelado a los hombres; sin embargo, en estos momentos no estamos reflexionando sobre su santidad, sino sobre su bondad, que es algo bien distinto.
La bondad de Dios es lo que le predispone a ser generoso, cordial, benevolente y lleno de buenas intenciones para con los hombres. Él es tierno de corazón y rápido para identificarse con nosotros, y su actitud constante hacia todos los seres morales es abierta, franca y amistosa. Por su propia naturaleza, Él está inclinado a conceder bendición, y siente un santo placer en la felicidad de su pueblo.
En todas las páginas de la Biblia se enseña o se dice de manera implícita que Dios es bueno, y lo debemos recibir como un artículo de fe tan imposible de destruir como el trono de Dios. Es una piedra fundacional para todo pensamiento sólido sobre Dios, y es necesario para la sensatez moral. Conceder que Dios pudiese ser mejor que bueno es negar la validez de todo pensamiento, y terminar con la negación de todo juicio moral. Si Dios no es bueno, entonces no puede haber distinción entre bondad y crueldad; al cielo se le puede llamar infierno, y al infierno, cielo.
La bondad de Dios es el impulso que se halla detrás de todas las bendiciones que Él derrama a diario sobre nosotros. Dios nos creó porque sentía el bien en su corazón, y nos redimió por el mismo motivo.
Juliana de Norwich, que vivió hace seiscientos años, vio claramente que el fundamento de toda bienaventuranza es la bondad de Dios. El sexto capítulo de su pequeño clásico Revelations of Divine Love [Revelaciones del amor divino], increíblemente hermoso y perceptivo, comienza así:
“Esta manifestación fue hecha para enseñar a nuestras almas a aferrarse sabiamente a la bondad de Dios.”A continuación, hace una lista con algunas de las grandes obras que Dios ha hecho a favor nuestro, y después de cada una de ellas, añade: “por su bondad”. Ella veía que todas nuestras actividades religiosas, y todos los medios de la gracia, por rectos y útiles que éstos sean, no serán nada, hasta que comprendamos que la bondad espontánea y no merecida de Dios se encuentra detrás y debajo de todos sus actos.
La bondad divina, como uno de los atributos de Dios, se causa a sí misma, es infinita, perfecta y eterna. Puesto que Dios es inmutable, Él nunca varía en la intensidad de su amor misericordioso. Él nunca ha sido más bondadoso de lo que es ahora, ni nunca lo será menos. Él no hace acepción de personas, sino que hace que su sol brille sobre los malvados, igual que sobre los buenos, y envía su lluvia, tanto sobre el justo como sobre el injusto. La causa de su bondad se halla en sí mismo; los que reciben su bondad son todos beneficiarios suyos, sin mérito y sin recompensa.
La razón está de acuerdo con esto, y la sabiduría moral que se conoce a sí misma se apresura a reconocer que no puede haber mérito alguno en la conducta humana; ni siquiera en la más pura y mejor. La bondad de Dios es siempre la base de nuestra expectación. El arrepentimiento, aunque necesario, no es meritorio, sino que es una condición para poder recibir el generoso don del perdón que Dios concede por su bondad. La oración en sí misma no es meritoria tampoco. No pone a Dios bajo obligación alguna, ni lo pone en deuda con nadie. Él escucha la oración porque es bueno, y por ninguna otra razón. Tampoco la fe es meritoria; no es más que la confianza en la bondad de Dios, y su ausencia no dice nada negativo de la personalidad santa de Dios.
Toda la manera de ver la vida que tiene la humanidad cambiaría si nosotros pudiéramos creer que habitamos bajo un cielo amistoso, y que el Dios del cielo, aunque exaltado en poder y majestad, está deseoso de hacer amistad con nosotros.
Sin embargo, el pecado nos ha hecho tímidos y demasiado conscientes de nosotros mismos, como es de esperar. Años y años de rebelión contra Dios han alentado en nosotros un temor que no se puede superar en un solo día. El rebelde que es capturado no entra voluntariamente en la presencia del rey al que ha combatido largo tiempo sin éxito, tratando de derrocarlo. En cambio, si es verdaderamente penitente, puede entrar, confiando sólo en el misericordioso amor de su Señor, y el pasado no será utilizado en contra suya. El maestro Eckhart nos exhorta a recordar que, cuando volvamos a Dios, aunque nuestros pecados fueran tan grandes en número como los de toda la humanidad reunidos, con todo, Dios no nos los echaría en cara, sino que tendría tanta confianza en nosotros, como si nunca hubiéramos pecado.
Ahora bien, alguien que a pesar de sus pecados pasados, desee honradamente reconciliarse con Dios, preguntaría cauteloso: ¿Si yo me llego a Dios, ¿cómo actuará Él conmigo? ¿Qué clase de disposición tiene? ¿Cómo encontraré que es?” La respuesta es que lo encontraremos exactamente igual a Jesús. “El que me ha visto a mí”, dice Jesús,” ha visto al Padre.”Cristo caminó con los hombres sobre la tierra para mostrarles cómo es Dios y darle a conocer su verdadera naturaleza a una raza que tenía ideas erróneas acerca de Él. Ésta sólo fue una de las cosas que Él hizo mientras estaba aquí en la carne, pero la hizo con una perfección hermosa.
De Él aprendemos cómo actúa Dios con la gente. El hipócrita, el que es insincero, hallará frío y distante, como los que eran como él hallaron un día a Jesús; en cambio, el penitente lo hallará misericordioso y el que acepta su pecado lo hallará generoso y benévolo. Con el asustado, Él es amistoso; con el pobre de espíritu, es perdonador; con el ignorante, considerado; con el débil, delicado; con el extranjero, hospitalario.
Con nuestras actitudes podemos determinar la forma en que lo recibiremos. Aunque la bondad de Dios es una fuente infinita y desbordante de cordialidad, Él no nos obligará a atenderlo. Si queremos ser recibidos como lo fue el Pródigo, debemos acercarnos, como se acercó él; y cuando lo hagamos, aunque se queden fuera en su enojo los fariseos y los legalistas, habrá un festín de bienvenida dentro, y música y danzas, cuando el Padre acerque de nuevo a su hijo al corazón.
La grandeza de Dios suscita en nosotros el temor, pero su bondad nos anima a no tenerle miedo. Temer y no tener miedo: he ahíla paradoja de la fe.
Oh Dios, mi esperanza, mi celestial descanso, mi todo de felicidad aquí abajo, concédeme mi importuna petición. Muéstrame, muéstrame tu bondad; tu beatífica faz manifiesta; el resplandor del eterno día. Ante los ojos iluminados de mi fe, haz pasar toda tu benevolente bondad; tu bondad es la visión que anhelo. Oh, que yo pueda ver tu sonriente faz; tu naturaleza en mi alma proclamar; revelar tu amor, tu glorioso nombre. Carlos Wesley